18-dic-2008

SUPERSTICIÓN, ORIGINALIDAD, TRADICIÓN Y...FELICITACIÓN





Para Rocío Prima, Cigarra, Emma, Zafferano, Mita, David, Vanbrugh, Miroslav, Zwingenstein y hasta el Anónimo "faltón" y los inquietantes seres que pasan por aquí, me leen (o no) y callan.


Os diré que el Sol, en este hemisferio y a la inversa en el austral, está ya casi exactamente en su máxima declinación norte (23º 27’) con respecto al ecuador celeste. ¿Y a mí qué? acaso diréis. Pues no lo dicen los osos y las marmotas, que invernan, ni los lagartos, ranas, peces y muchos insectos longevos, que se entierran y, los muchos vegetales que duermen en forma de propágulos, de semillas o raíces resistentes, o los arbolazos impasibles que aguardan en pie ateridos y paradójicamente desnudos. Ni los apresurados seres humanos que ya no suelen volver la vista a los cielos, pero que, no obstante, más insensatos y desmesurados, aumentan su actividad y se vuelven insultantemente cordiales, propensos a la ebriedad, a la gula y al despilfarro luminoso y a otros consumismos absurdos. Todos esos fenómenos son claros indicios de que, en el hemisferio norte, caminamos a zancadas hacia el solsticio de invierno.

Buscar la originalidad, como la mayoría de los artistas de hoy (en lugar de la belleza, como los artistas eternos), es decir, como un fin y no como un resultado añadido y hasta inesperado, es como buscar la santidad o el poder: un empeño idiota de ignorantes. La verdadera originalidad, y modestamente no creo ni quiero ser original, es siempre una forma de diálogo respetuoso con la tradición. Así que yo también inverno. Me voy hasta mediados de enero, sin teléfono, sin ordenador, sin hostias (metafóricas o literales y en sus varias acepciones). Y también caigo con gusto en la trampa de los buenos propósitos y me prometo no darle una hostia al primer Papa Noel que me agite una campanilla junto a la oreja y me grite “ju-ju-ju”. De hecho, no pienso darle ocasión ni frecuentar los sitios donde el obeso payaso de propaganda de la cocacola abunda, pero me voy en busca de lo más típico de esta época del año, del olor a leña y a nieve (sí, joder, la nieve huele, por la misma razón que el blanco es un color y no su ausencia), y hasta de las misas de gallo (sólo si hay música y aguardiente a la salida).

Las gentes antes eran igual de supersticiosas que ahora, la única diferencia es que creían en explicaciones mágicas o religiosas que no podían comprobar para ciertos fenómenos y ahora la gente suele creer en explicaciones científicas que la mayoría tampoco puede comprobar, aunque unos pocos, con conocimientos específicos dicen que ellos sí, como los brujos y sacerdotes de antaño: hay que creerles porque son gentes de autoridad. Pero tanto en un caso como en otro hay un asunto perfectamente diacrónico que lo mismo afecta a las épocas de temerosa oscuridad de antes como a las épocas de luminosa credulidad de ahora. Entre las dos formas simétricas de estupidez, la excesiva credulidad o el estricto escepticismo, yo elijo ser selectivo y, por la misma razón que no creo que las pirámides mayas sean plataformas de aterrizaje de extraterrestres, es más, me parecen fascinantes precisamente porque no son eso, yo elijo no creer en eso ni en la más poética historia de un tal Elías en un carro de fuego (otro astronauta), pero sí en el ADN o en la mecánica cuántica, que ya es creer.

Esto, sin embargo, no ofrece dudas y sí inquietud: todos vosotros habréis notado que desde hace aproximadamente seis meses, justo cuando los días eran más largos y las noches más cortas, comenzó, insisto, por estas latitudes, un extraño proceso, primero lento y luego crecientemente acelerado en que lo días se fueron acortando y las noches alargando, y es ahora cuando la inquietud es mayor, porque las noches son ya tan largas que más de uno está tentado de pensar que el Sol no va a volver a aparecer ni habrá una mañana, esto es, un amanecer mañana. Es un verdadero placer para mí tranquilizaros. Sin necesidad de ritos de paso, ni sacrificios, ni oraciones, aunque si hacéis todo eso y os conforta está muy bien hacerlo, os aseguro que en unos pocos días, estos comenzarán de nuevo a alargarse, primero lentamente, luego más rápidamente. Lo digo yo, podéis creerme o no. Y si consultáis a los viejos y a los memoriosos os confirmarán que eso pasa siempre desde siempre. Los antiguos lo llamaban puertas del año, adviento, natividad; los modernos solsticios, que es sin embargo, palabra aún más antigua.


En los campos, que yo recorro con mis ojos abiertos, mis oídos atentos, mis narices y todo mi ser dispuestos al fortuito encuentro (ver post inmediatamente anterior) es tiempo de ocio para los labradores y de febril actividad para los poetas, pero no hay nada más patético, que no poético, que escuchar a un pedante proclamar: “soy poeta y labrador”[1].No era ni una cosa ni otra, claro. Nadie que incline su frente ante la esteva del arado o su equivalente en máquina automotriz o tractor se refiere a sí mismo así. Ni nadie dice “soy poeta” porque eso sería como decir “soy estupendo” o “soy bueno” (Machado no cuenta, porque él sí era poeta); es decir, esos son títulos que te tienen que conceder los demás. Yo soy un mirón, un paseante, un vividor, un pirata de botines sin precio, pero de mucho valor; un crédulo escéptico, un misántropo que ama a unas pocas personas y aprecia a unas cuantas más, pero que quiere a su perra más que a la inmensa mayoría de las demás; soy también un raptor sin cautivos ni rescates, alguien que camina a toda hostia hacia su personal equinoccio de invierno sin ninguna garantía de poder volver a empezar como ofrecen la mayoría de las religiones. Qué se le va a hacer, así aún me gusta más esta vida única.


Así que en estas fechas es recomendable ser cautelosos, porque, ¿qué tendrá el equinoccio que a todos nos sube la ñoñería más que el colesterol? Y encima se prodigan los consejos, aunque no se pidan. Aquí van los míos: según lo requiera la ocasión sed grandes y débiles, como un boxeador sonado; o sed delicados, frágiles e invencibles como una recolectora de hojas de té.


Os darán muchas recomendaciones de sobriedad y nuevos propósitos, hasta yo lo he hecho un poco más arriba. Ni puto caso. O el caso hacédselo al poeta:

“¡Sí, todo con exceso:
la luz, la vida, el mar!”


Hasta la vuelta amigos, hasta que los días vuelvan a crecer.


Nota: ¿os gustan mis “christmas”?, sólo un siglo los separan, y miles de millas: el conocidísimo y espléndido de Pieter Brueghel (El Viejo) y su famoso “Paisaje invernal” (1568) y el menos conocido “Paisaje invernal” (1666) del artista chino de la dinastía Qing llamado Kankan que trabajaba sin embargo bajo patrones de la dinastía Yuan: el dibujo es de una delicadeza caligráfica y cada rostro está individualizado y es totalmente singular. Alfredo Landa en Los Santos Inocentes no era el único siervo que rastreaba para cazadores poderosos como un lebrel.
[1] Lo de “soy poeta y labrador”, o al revés, lo dijo uno que se creía el García Lorca de la ecología, aunque era más bien el Corín Tellado del medioambientalismo más ñoño.

15-dic-2008

Optimismos (uno)






La bruma se pega al césped –aún verde, aunque apagado, por la buena otoñada- de las dehesas y a la superficie del agua en el río y los recodos y abras del embalse. Los troncos de las encinas[1], dominantes, los alcornoques los quejigos y los rebollos, en orden decreciente de frecuencia, surgen como mojones oníricos en un paisaje de colores fríos y sin apenas profundidad. El único colorido, si se me permite la aparente paradoja, o la única perspectiva, por mejor decir, lo dan los sonidos, perfectamente escalonados a las distintas distancias: el del leve sonajero del viento entre las hojas duras de los esclerófilos y las secas pero marcescentes de los robles; nuestras pisadas, más leves y a trompicones por las arrancadas tras los conejos de Jara, más regulares, pesadas y espaciadas las mías. Al fondo, en el agua, se oye a los gansos y a los ánades y en el aire el trompeteo de las grullas. Son nuestros invernantes escandinavos, llegaron hace ya un mes y no se irán hasta que asome la primavera, de solsticio a equinoccio. Todo el camino hasta aquí han estado sonando esquilas de las ovejas merinas (las churras manchegas andan más cerca de los predios del pueblo, junto a la orla de olivares) y los cencerros de las vacas avileñas y alguna “limusín”.

La brisa mueve la bruma por encima del agua, pero levanta la niebla. Llamo a Jara a mi lado y la señalo para que permanezca quieta a mi lado, levantó los prismáticos y los vuelvo a limpiar, empañados por mi vaho: en las orillas, los bandos de grullas, grandes y grises, permanecen silenciosos y podrían confundirse con ovejas, pero ahí están zanquilargas y elegantes; en el aire, en cambio, trompetean sin parar con sus formaciones de vuelo en “V”; los gansos, más recelosos son aún más bulliciosos, como dándose ánimos unos a otros en esa mañana fría. En esa “tierra” de nadie que es el aire tan sólo unos metros por encima del agua, vuelan gaviotas patiamarillas (hay temporal en la costa, a cientos de kilómetros de aquí), mucho más robustas que las más habituales gaviotas reidoras; alguna garza real, bandos de avefrías de redondas alas negras y quejumbrosa voz y hasta abubillas, que de un tiempo a esta parte, como las cigüeñas, están comenzando a renunciar a su viaje invernal a África. Más altos, más lejos y más veloces ejercitan su vuelo en nubes cerradas los estorninos, más insectos coordinados que aves.

Pero la sorpresa está en el agua; nunca he sabido distinguir bien a las anátidas por la voz y la mayoría no son azulones, los ánades reales, como venía suponiendo, sino sus primos los patos cucharas, que han llegado por cientos. También hay algún ánade rabudo, porrones comunes y fochas. En los esqueletos pelados de los árboles que no cubre del todo el agua hay posados un grupo de cormoranes con las alas abiertas para secarse. Estas primitivas aves, al revés que los patos que se impermeabilizan con una especie de cera o grasa para surfistas que toman con el pico de una glándula uropigial y extienden por el plumaje, se empapan totalmente y necesitan secarse al sol, como viejos adoradores egipcios del astro que tímidamente ya asoma; eso quiere decir que ya han estado pescando las bogas que decidieron no remontar el río este otoño o los barbos, cachuelos y bermejuelas más sedentarios del embalse.

Desde el pueblo hemos subido por el ramal antiguo del viejo cordel de trashumancia, un eje principal de las cañadas de la mesta medieval que mantiene un camino de un ancho de noventa varas de marco castellano, unos setenta metros, que viene del puerto del pico atravesando Gredos y bajará hasta las dehesas extremeñas. Un zorro del tamaño y el color aproximados de Jara se nos ha cruzado furtivamente unos veinte metros por delante, y una piara de cerdos ibéricos, negros y patilargos, ha trotado en paralelo a nosotros al otro lado de una cerca; pensarían que les traía pienso, porque el suelo está muy duro para desenterrar bulbos de “poa” o bellotas.

Al regreso pararé a tomar un café en el bar de Hilario, rechazaré la invitación de aguardiente y olfatearé el evocador olor a leña y pan reciente que despide el pueblo.


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[1] Por si alguno quiere ver con el Google de imágenes las especies que menciono, salvo las domésticas como Jara o las vacas y ovejas, aquí va, en orden de aparición los nombres científicos “latinos” de las que menciono.

Quercus ilex
Quercus suber
Quercus faginea
Quercus pyrenaica

Anser anser
Anas spp
Grus grus
Larus Cachinnas
(antes Larus argentatus)
Larus ridibundus
Ardea cinerea
Vanellus vanellus
Upupa epops
Ciconia ciconia
Sturnus vulgaris

Anas platyrhinchos
Anas clypeata
Aythya ferina
Fulica atra

Phalacrocorax carbo

Pseudochondrostoma polylepis
Luciobarbus guiraonis
Squalius spp
Achondrostoma arcasii
Vulpes vuñpes



Poa bulbosa

12-dic-2008

Pesimismos (cinco)




LA REHABILITACIÓN DE LA TORTURA

Supongo que la tortura es un asunto complejo desde el campo de la psicopatología, pero desde el de la información y las técnicas de obtención de la verdad es sencilla: es tan inútil como indigna. Si eres un sádico, imagino que la tortura es gratificante en sí misma. Es totalmente dudoso es que tenga otra utilidad que la placentera del monstruo y sirva para lo que se pretende: obtener confesiones (fiables) e información fidedigna. Siempre he pensado que si te torturan estarás dispuesto a confesarte un alienígena invasor de Marte o lo que se tercie. No obstante, parece que había una unanimidad sobre la vileza moral que supone.

Ese repudio no fue unánime en otros tiempos ni es tan antiguo, de hecho, se consideraba por el poder como un medio de obtención de la verdad no digo que como cualquier otro o uno más, pero eso, un medio. Que me conste fue la Ilustración la primera en oponerse y Montesquieu y Voltaire sus primeros antagonistas públicos. Esa propaganda opositora siguió durante todo el siguiente siglo, el XIX, y el XX. Tras la Segunda Guerra Mundial se aprobaron numerosos tratados, convenciones y demás sobre el trato correcto a cautivos y el abandono de esas prácticas denigrantes. Parecía que el mundo avanzaba, “progresaba” en la dirección correcta. En teoría la tortura fue abolida en los llamados países avanzados y no todo, se supone fue letra muerta y papel mojado. ¿O sí? Digamos que la tortura siguió existiendo, por ejemplo, en mi país, España, pero estaba formalmente prohibida en la mayoría de los que contaban y estaba moralmente muy mal vista.

En 2003 John Gray, mencionado en los dos post augúrales de estos pesimismos, http://www.lansky-al-habla.com/2008/12/pesimismos-uno.html y http://www.lansky-al-habla.com/2008/12/pesimismos-dos.html, intentó la sátira swiftiana: “Torture: A modest proposal” en la revista New Statesman. En ese artículo proponía justificar la tortura como un arma para avanzar en esta nueva era del progreso en defensa…de los derechos humanos. Es decir, la tortura no debía ser un asunto vergonzante y vergonzoso a practicar en la oscuridad recoleta e insonorizada de las mazmorras, como en los regímenes reaccionarios del pasado, sino a al aire libre y con orgullo, como parte de la batalla librada a favor de la luminosa Ilustración. Al fin y al cabo, había que reivindicar la figura del torturador, pobre, qué tan mal tratado había estado en el pasado, darle respaldo psicoterapéutico y apoyo legal, asesoramiento profesional y formación permanente y actualizada, dignificar su profesión en suma. Concluía proponiendo satisfacer una necesidad obvia: cátedras universitarias en técnicas de interrogación avanzadas. Pero no es que la naturaleza imite al arte, sino que la realidad supera a la imaginación más febril como enseguida se comprobará. Gray comentó posteriormente que el motivo principal de publicar ese artículo era su convencimiento de que en 2003 se estaba empleando la tortura en Irak por parte de las naciones avanzadas y liberadoras de ese país, los Estados Unidos de América y sus aliados. Gray creyó ingenuamente que esa sátira sería una forma eficaz de denuncia. No sabía, pobre ingenuo, que algunos académicos le iban a sobrepasar.

Un poco antes, en Chechenia, y antes aún, en Argelia, otras naciones “avanzadas” y liberadoras habían empleado también la tortura a gran escala. Tanto Rusia como Francia fracasaron en sus propósitos y comprobaron una vez más la inutilidad de la tortura como técnica para obtener información, pero entonces, y luego con la guerra de Irak, se levantaron voces no para discutir su utilidad, sino para defender su legitimidad y abogar por ella. En Estados Unidos aparecieron en mitad de la histeria y la paranoia antiterrorista, expertos en derechos civiles, en concreto un profesor de Harvard[1], que dejó en pañales el intento satírico de Gray, porque propuso nada menos que el uso de órdenes judiciales de tortura, especificando incluso el tipo de tortura a utilizar en cada caso; todo ello muy jurídico y legal en un nuevo caso de la útil distinción entre lo legal y lo legítimo, en este mundo crecientemente legislado donde, tras los financieros con capacidad de compra sobre el planeta y sus gentes, son los leguleyos los putos amos que pretenden administrarnos a hasta el derecho al estornudar o practicar el coito anal ( no exagero: consentido o no, está prohibido y penalizado en determinados Estados de la Unión)

Dejémonos de bromas (sangrientas). Creo que la abolición de la tortura, como la de la pena de muerte, es una de las piedras angulares de las sociedades civilizadas. Cualquier supuesto de excepción, cualquier relajación de este límite intraspasable es un atentado contra nuestra dignidad y la de nuestros enemigos. Si hoy resucitáramos a un viejo fascista español se llevaría un susto alucinante al comprobar que son ciertos miembros de la policía… ¡catalana! los torturadores, pero, sin ser una simple anécdota, se les persigue y sanciona. No es lo mismo cuando es el mismo Estado el que propicia, justifica o colabora en la tortura, aunque sea mirando para otro lado o permitiendo el uso de un aeropuerto. Los policías torturadores son unos malos funcionarios que deben ser sancionados, como los soldados de las prisiones norteamericanas en Irak, pero no me avergüenzan –o sólo de pertenecer en teoría a la misma especie biológica que ellos-; mi país, la civilización occidental, los luchadores por la libertad y los guerreros contra el terrorismo que torturan esos sí que me avergüenzan y me hacen decir: ¡no en mi nombre! La propaganda todavía no ha embotado ni anestesiado mi ánimo lo suficiente.

Salvo que estemos hablando de vacunas, antibióticos, nuevos materiales o cosas así, la idea ingenua del progreso como una escalera de peldaños siempre ascendentes (“corta y llena de mierda, como la de un gallinero", decía no del progreso sino de la misma vida un cínico ingenioso) a mí me parece más bien una escalera mecánica de bajada que uno sube con esfuerzo, pero que te vuelve a bajar si te quedas quieto.


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[1] No me consta que el susodicho académico haya perdido su empleo, por lo que supongo que seguirá ejerciendo en tan respetable universidad: el profesor Alan Dershowitz. Y es útil saberlo por no caer en la ingenuidad de pensar que los torturadores y sus defensores son sólo reclutas semianalfabetos a los que no se controla de cerca.

10-dic-2008

Pesimismos (cuatro)




Si no eres parte de la solución eres parte del problema, dicta un viejo anatema, pero yo pienso que a veces el verdadero problema es la solución que nos venden. Poco tengo que decir sobre los problemas gordísimos que los seres humanos tenemos en la actualidad; son las soluciones las que a menudo me asustan, cuando no me parecen especialmente válidas. De ahí el pesimismo. Los problemas, lógicos en cierto modo, están ahí, pero las soluciones que todos los días nos amenazan o directamente aplican son las que me preocupan, no sólo por aquello de que no sea peor el remedio que la enfermedad: además de inútiles para su finalidad confesada, que sean peores que lo que combaten, como es el caso de la lucha contra el terrorismo internacional a base de guerras contra países enteros, invasiones y limitaciones de los derechos humanos de propios y extraños, sino porque las soluciones, por el mero hecho de ser presentadas como tales, parecen reclamar estar exentas de recelos. Y no.

EL MIEDO. Por mejor decir: el efecto miedo, muy útil desde los albores de la historia para someter a las gentes. Quizá el más eficaz y sofisticado a lo largo de milenios haya sido el miedo a otra vida improbable después de la muerte donde se castigaría esta; sorprendentemente ha resultado muy eficaz, con su contrapartida el premio de ultratumba (muchacho, llevas una mierda de vida: explótate en medio del enemigo que te aguardan las huríes y los ríos de miel, por ejemplo, que no único).

O bien, le meto miedo con los atentados y eso me permite vejarle, desnudarle, registrarle y administrarle su tiempo libre. O le meto miedo con la crisis económica y eso me autoriza a bajarle el sueldo (pero mantenerle el empleo), privatizarle la sanidad y la educación de los hijos e impedirle protestar por esta nueva/vieja redistribución de la riqueza a la inversa consistente en quitarle un poco a los muchos pobres para darle ese resultante mucho a los pocos ricos, bancos incluidos.

LA UTOPÍA. En realidad el pensamiento utópico es ambivalente, porque, de un lado, como pensamiento crítico es útil en si mismo, independientemente de su utilidad, para evitar pensar el mundo de forma única y dominante, esto es, para corregir el pensamiento único que decía Ramonet. Sin esa dosis de imaginación de la utopía nuestra visión del mundo se empobrece.

Pero, por otra parte, la utopía en la muy real práctica política ha provocado efectos claramente desastrosos, así en la extinta Unión Soviética como en la China de Mao. Un político con un gran plan para la humanidad es un peligro, nunca mejor dicho, público. Las utopías realmente existentes han provocado muertes, dolor, desastres ambientales y escasos resultados positivos

De alguna forma, las actuales guerras contra el terrorismo internacional consistentes en invadir un país, y el caso paradigmático sería Irak, son nuevos proyectos utópicos, sólo que en vez de la izquierda maximalista es la derecha neocon la que ha tomado la iniciativa utópica, cosa que no deja de ser inédita y curiosa. Invadir con tropas un país para cambiarlo de arriba abajo. No para adueñarse de su territorio o al menos de sus recursos (¿o eso sí?), sino para cambiarlo. Pero ni la letra ni la democracia parece que entren con sangre, al contrario; dale una hostia al niño para incitarle a leer es el camino más seguro para fabricar una analfabeto funcional, como invadir un país en nombre de la democracia es asegurar la pervivencia de los enemigos de ella o combatir el terrorismo con guerra sucia desde el estado es una forma eficaz de darle oxígeno y avalarle en cierta forma.

Dos conclusiones provisionales:

Es más difícil siempre hacer las cosas bien que mal, contra lo que dicta el tonto aforismo, desde podar un árbol a administrar un presupuesto familiar o gobernar un país; con una coda: las cosas que merecen la pena suelen costar esfuerzo, y los derechos se equiparan siempre con sus respectivos deberes.

Las recetas milagrosas ni en economía ni en política ni, si me apuran en la cocina.



LA FOTO


Esta vez no quiero recurrir a Goya.
1958 Madrid, la Ciudad Universitaria, el Arco de la Victoria (fascista) al fondo, un autobús de dos pisos (¡cómo odiaba mi pobre abuela que la hiciera subir al imperial!), escasísimo tráfico, rótulo casi artesano y el revolucionario profesional Ernesto, Che, Guevara, en uniforme de campaña, esto es, el de domingo y para las visitas. Para mí, esta increíble foto de César Lucas sí que vale casi por mil palabras o más, porque es muy difícil expresar con menos el sorprendente anacronismo, incluso espacial más que cronológico, que tal imagen supone. Lo del pulpo en el garaje se queda corto. Por cierto, ahora se resucita el viejo debate entre si el Che fue un benefactor o un cabrón. Para mí está muy claro: fue un idealista, que jamás pensó en sí mismo, un hombre con una idea luminosa y brillante que quería cambiar el mundo costase lo que costase; es decir, un peligro que causó mucho dolor, pero que quizá palió otros ¿Compensó? A él, sí, como seguramente a Gengis Kan o a Atila.

05-dic-2008

(Próximamente)(Y también, prox. nueva entrega en mi otro blog)


El tamaño correcto
por J. B. S. Haldane (1928)
"Las diferencias más obvias entre distintos animales son las que tienen que ver con el tamaño, pero por alguna razón los zoólogos han puesto poca atención en ellas. En un voluminoso libro de zoología que tengo frente a mi no encuentro ninguna indicación de que el águila sea más grande que el gorrión, o el hipopótamo que la liebre, aunque sí se han hecho algunas resentidas afirmaciones en el caso del ratón y la ballena. Sin embargo, es fácil demostrar que una liebre no podría ser tan grande como un hipopótamo, o una ballena tan pequeña como un arenque. Para cada tipo de animal hay un tamaño óptimo y un cambio significativo en tamaño..."


¿Os parece sugerente? ¿O es mi deformación profesional? Porque precisamente quiero hablaros de ambos asuntos: de este fascinante biólogo evolutivo, J.B.S. Haldane, de comienzos del pasado siglo y fundador de toda una disciplina, la genética de poblaciones, y de las formaciones, deformaciones, intrusiones profesionales y "diletantismos". Y todo de la mano de otro vicio mío: hurgar en las librerías de viejo. Y encontrar, porque, a la inversa de lo que afirmaba Picasso: "yo no busco: encuentro", yo, infinitamente más prosaico que el proteico artista, encuentro porque busco y veo porque miro.
Buen largo y fructífero findesemana (todo junto como la propia secuencia de 3 días y para que mi corrector y Vanbrugh se pongan nerviosos y hagan saltar todas las alarmas y lápices rojos)

Pesimismos (tres)




“Desde Islandia hasta la Antártida, niños aún por nacer aprenderán a temblar ante los nombres de Bush, Greespan y Pitt.” La frase, que implica sorna según el economista Eguiagaray es de otro muy insigne, el autor del manual de economía más leído en el mundo y “un centrista incurable” en sus propias palabras, Paul A. Samuelson.

Ya sé que está muy feo y que no conviene desacreditar a todo un oficio en conjunto porque alguno de sus miembros sea indigno. No se debe hacer con los médicos, aunque alguno mate más que las supuestas enfermedades que trata y casi todos consideren que los enfermos son eso, pacientes más que usuarios, y deban aguantar con paciencia sus dictámenes y entregarles su voluntad y no sólo su salud; ni con los arquitectos, aunque contribuyan más a la fealdad del mundo que nos rodea que a lo contrario; ni con los abogados que, como la mayoría de sus colegas los políticos se especializan en crear problemas más que en resolverlos, pero reconoceréis conmigo que hay oficios más sospechosos que otros y que es difícil pasar por filántropo si eres mercenario de profesión y no médico sin fronteras. Dicho esto, me voy a meter un poquito con ese gremio de los economistas por la extraña convicción que me asalta de que, como los fabricantes de armamento o los propios altos financieros, a lo mejor, nos iría mejor a todos sin ellos; o sólo con unos buenos y honestos contables.

Bien, pues entonces es lógico que los economistas bajen la voz y sobre todo las ínfulas tras la que está cayendo. Pues no, no la bajan, aunque sea para decir bien alto en lo que se han equivocado los otros. En realidad, nos hemos equivocado los demás, quiero decir los profanos, porque los economistas son el paradigma de una nueva casta de expertos, “nuevos brujos” los denominó Stanislas Andrewsky (“Las ciencias sociales como forma de brujería”), casi intocables, porque los que teóricamente pueden cambiar las cosas, pero que se limitan, en el mejor de los casos, a administrar (gestionar” dicen ellos, otro término vomitivo) la realidad, los políticos les rinden pleitesía y se escudan en su inevitabilidad para seguir sus dictados. Ya digo que es la nueva forma de superstición en boga.

Shakespeare ya decía que el drama (tragicómico, de ahí que no sea sólo tragedia) de este mundo es que los ciegos sigan a los locos. En su contexto hablaba de las masas frente a los iluminados, pero es de perfecta aplicación para los invidentes políticos frente a los enloquecidos financieros, ¿no creéis?

Los economistas, además de nuevos brujos de esta sociedad en el fondo tan irracional y supersticiosa como la de hace siglos, son los expertos por antonomasia. Y los expertos, también lo tengo dicho, son peligrosos porque, ante cualquier problema complejo de este dificilísimo mundo, traen las cosas pensadas de antemano. Ellos lo llaman formación y yo lo llamo prejuicios. Jamás se apartan de sus recetas, aunque la historia se complazca en demostrarlas ineficaces, el enfermo, como en la medicina pre científica, seguirá padeciendo sangrías y debilitándose día tras día. Y sin embargo, practican el marxismo grouchiano: “estas son mis convicciones, pero si no les gustan tengo otras”. Son de hecho unos “Jeremías” muy extraños que siempre aciertan a posteriori; a priori es otro asunto. Tampoco tienen la dignidad displicente de los oráculos, porque no responden ni siquiera oscuramente a lo que se les pregunta, sino la estridencia vocinglera de los profetas, que auguran lo que nadie les demanda.

Como los lapitanos de Jonathan Swift, se pasan la vida complicándola y complicándonosla: intentando encerrar rayos de sol en botellas, cuando disponemos de pepinos y otras hortalizas que lo hacen solas. Y a la vez, como decía el sarcástico gringo viejo de Ambrose Bierce, están todo el puñetero tiempo intentando vendernos la vaca que no tenemos para comprar el barril de güisqui que no necesitamos ¿O esos son los malditos emprendedores?

Ahora, repito, con la que está cayendo, abres un periódico, sintonizas un programa de radio o enchufas la tele y ahí están los economistas pontificando. Y las buenas gentes no pedimos su cabeza, aunque quizá sean más onerosos en el fondo que la aristocracia francesa del XVIII. En fin, no pido que se clausuren las facultades de economía como centros de magia negra, pero quizá se podrían sustituir las páginas de economía de la prensa diaria por cuentos breves, entregas de novelas por ídem o folletines, poemas, fotos artísticas o dibujos graciosos. Si yo fuera dueño o director de un periódico, lo haría.
De momento, vayan refundando el capitalismo sin mí.

(Creo que, en próximas entregas, voy a seguir con algún que otro optimismo, como mi vicio, extraño en un ateo, por las Anunciaciones)

03-dic-2008

Pesimismos (dos)




Creo que el progreso es real en la ciencia y en la tecnología. En la ética y en la política, sin embargo, pienso que el progreso en el sentido de un avance acumulativo, paso a paso y fase tras fase, es en el fondo un mito o una ilusión. De modo que los males que pensamos haber abolido en un determinado momento regresan. Y el mejor ejemplo que puedo dar de ello quizá sea el de la tortura. No hay triunfo que no pueda perderse ni victoria que, con el tiempo, no acabe perdiéndose.”[1]

No os imagináis hasta qué punto me gustaría disentir de la lapidaria frase citada “supra”, pero no puedo porque estoy absolutamente de acuerdo con ella. De hecho, y os aseguro que no es tonta vanidad, creo tener escrito yo algo muy parecido por ahí. A John Gray le han colgado la etiqueta del pesimista de guardia, en la ilustre estela de los Schopenhauer y Nietzsche de turno. En realidad es un tipo brillante y casi de mi edad (1948) con formación filosófica, económica y sociológica que ha sido profesor de teoría política en la Universidad de Essex, de Oxford, de Harvard y de Yale; establecimientos todos donde no contratan precisamente a mediocridades. Actualmente creo que es profesor en la no menos prestigiosa London School of Economic, que es todo menos una simple escuela de economía, aunque sí que está en Londres (y en un bonito sitio, por cierto).

En realidad, Gray se ha hecho relativamente famoso, no sé en sus clases, pero sí en sus comparecencias públicas y sus polémicos escritos, por su habilidad para desmontar lo que aquí llamamos ‘tópicos’, allí ‘lugares común’ y en Francia ‘ideas recibidas’; es decir, de las consignas y mantras de moda: es un azote de la corrección política y del ‘buenismo’ al uso (¿Alianza de Civilizaciones?, sí, claro, y misas concelebradas de curas, imanes rabinos y agnósticos; esta ironía es muy doméstica cosa mía y no del pobre Gray). En fin, que Gray manifiesta un estructurado y hondo pesimismo de refutación, para desconsuelo del eterno optimismo político, poco menos que imposible. Pero a mí me gusta por lo mismo que a todos nos gustan otros pensadores, ya lo he dicho al principio: porque confirma mis propias ideas, aunque aún estoy a la espera del venturoso optimista que con igual solidez y sin voluntarismos que valgan me las desmantele. Pero dejemos a Gray, aunque os lo recomiendo vivamente.

Lo peor de este mundo, al margen de su manifiesta injusticia, su mortal arbitrariedad, sus absurdas imposiciones, todas ellas fruto de los sueños que producen monstruos que denunciaba Goya, otro prodigioso pesimista, es que suele dar la impresión de que las cosas no pueden dejar de ser como son. Esto es, que al igual que la atracción de la gravedad o la rutina de las mareas y de la circadiana sucesión del día y la noche o la puntual llegada de equinoccios y solsticios, la globalización, por poner el caso más flagrante y realmente existente, sin ir más lejos, es un proceso irreversible. Supongo que para los plantadores de Virginia la esclavitud de unos tíos más morenos era igual de 'inopinable', o la sumisión de la mujer, o el trabajo infantil, y, hoy por hoy, la opulencia de nacimiento de un 30 por ciento del mundo frente a la miseria del 70. Cosas ‘impepinables’, que diría un castizo. Esta es desde luego mi veta no pesimista, ya que tampoco es exactamente optimista, que me guía; la que me hace rebatir la idea de que la Historia “es lo que es”.

Pero no. La historia es un proceso en parte caótico, como la meteorología, no como la astronomía: se puede predecir un eclipse para dentro de varios siglos y errar por un microsegundo, pero es difícil que me asegure si va a llover sobre mi pueblo un día determinado de la próxima semana, no digamos del próximo mes o del siguiente año. Eso se llama Caos, así, con mayestáticas mayúsculas, y define procesos deterministas pero dificilísimos, por no decir imposibles de determinar porque, entre otras cosas, su dependencia de leves diferencias iniciales determinan resultados muy distintos al final. Como esa leve alza de centímetro en la mira de un cañón que provoca diferencias de cientos de metros en el impacto del obús. Así, pero con el cañón bailando la conga y girando por el espacio/tiempo, no sé si me explico. ¿Quién pronosticó la caída del muro de Berlín, la masacre de las torres gemelas o el reciente crack financiero? Ahí radica el fracaso de la Información del Estado en los asuntos más claves y relevantes. En el fondo los servicios secretos son tan solemne y pomposamente incompetentes -como genialmente delata mi adorado John Le Carre- porque son pretenciosamente necios, al no comprender que su incompetencia es espistemológicamente inevitable.

Estamos pues ante procesos complejos, más aún que los meteorológicos, porque interviene el más impredecible de los seres, el humano, que tiene una ‘razón’, un cerebro poderoso, pero que siempre se guía por razones que esa razón apenas entiende, y aquí hablo tanto del amor, escaso, como de los odios, tan abundantes como absurdos. Dos mandatos de casi imposible cumplimiento, el socrático ‘conócete a ti mismo’ y el cristiano ‘ama a tu prójimo’. No mientras haya metecos, maketos, bárbaros, gentiles, guiris, sudacas, charnegos, negratas, goyines, infieles, muslines o bwanas… ¿O acaso esos son el prójimo?

De momento quedémonos con una extraña certidumbre para aguardar entregas pesimistas posteriores. Extraña porque no proporciona exactamente consuelo, pero tampoco engaña. La certidumbre, sin paradojas ni resignaciones que valgan, es que precisamente la incertidumbre es nuestro verdadero hogar. Así que no es sólo que sea preferible caminar con una duda que con una fanática certeza, sino que no nos queda otra.

Seguiré opinando desde mi pesimismo relativamente informado.
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[1] John Gray: Tecnología, progreso y el impacto humano sobre la Tierra”. Katz/CCCB, Buenos Aires, Madrid, Barcelona, 2008. Colección dixit. (esta colección son unos libritos que no exceden las cien páginas en alargado formato de bolsillo con un texto de algún pensador y una entrevista relacionadas con su paso por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Los seis títulos editados hasta la fecha son todos, sin excepción, interesantes.)

01-dic-2008

Pesimismos (uno)




Arde Bombay. Voy a la estantería donde atesoro a Schopenhauer, Nietzsche, Cioran, Benjamin…recientemente John Gray[1]

Entre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón no hay muchas opciones, salvo la propia y balanceada combinación de ambas propuestas. Los optimistas suelen ser gente agradable, siempre que no se dediquen a ser estomagantes y ñoños propagandistas de sus muy personales y eufóricas o endorfínicas impresiones. Los pesimistas, por el contrario, quizá no sean siempre una grata compañía, pero son de fiar porque suelen ser muy lúcidos y también tener razón, a menudo sin quererla tener. Y es que al intentar entender este mundo enloquecido uno se da cuenta de que los dados están cargados: patria, Dios, raza..., pero el veneno, ay, el veneno es auténtico y mata.

El caso es que la razón, pesimista o no, es el motor explícito e implícito de la cultura de Occidente, al menos el declarado desde Aristóteles en adelante y aún bastante antes. La posesión del ‘logos’ define al hombre. Pero la historia, perdón, la Historia, como la mera actualidad, no se explica, o no se explica sólo, por motivaciones racionales, eso lo sabe cualquiera que mire a este enloquecido mundo con un poco de desapego. Y por eso, entre otras cosas, arde Bombay.

Supongo que lo habréis notado todos, salvo quizá los más jóvenes, que creo que no me visitan: el mundo es cada vez más pequeño y va cada vez más deprisa. En otras palabras: este mundo, el único que tenemos, es cada vez menos un mundo. A eso algunos semicultos, aficionados a la repetición de irreflexivas consignas y mantras de moda lo llaman globalización.

Tanta “globalización”, compensada con lo opuesto: tanto nacionalismo localista y otros auges micro territoriales, y tanta aceleración en el fondo tal vez se reduce a que cada vez somos más y tenemos menos sitio, por un lado, y por otro, que no hay futuro, porque el presente instantáneo (¿cuál si no?) le anda pisando los talones. No hay futuro. No hay proyectos de futuro. Sólo resultados inmediatos. En parte al menos, eso explica la codiciosa ignorancia de todos esos gestores financieros que nos han llevado al borde del precipicio económico. Pesimismo: después de mí el diluvio, o el que venga detrás que arree.

Los grandes delincuentes militares de la historia, es decir, los estados y las naciones, bendecidos cuando hace al caso por sus popes, papas e imanes, y los grandes delincuentes económicos, los transnacionales y muy internacionalistas ‘condottieri’ de esas mismas naciones, los financieros, juntos pero no revueltos. Pero esta gran delincuencia pocas veces –ahora sí, y en el 29- crea alarma: es respetable, porque se trata de primeros ministros, presidentes, monarcas, papas, presidentes de países o de bancos. Gente encorbatada y con zapatos lustrosos. Por eso decía Bertold Brecht, “qué es robar un banco, comparado con fundarlo”.

Así que habitamos este único mundo, pequeño y veloz, cada vez más pequeño y cada vez más acelerado, que tampoco tiene futuro o, mucho futuro, si preferís. Resulta inevitablemente lógico, por tanto, el principio anti ético del rendimiento rápido. Es una conclusión lógica del escepticismo mejor informado, de no creerse el progreso los mismos que tanto lo venden y predican.

Decíamos ayer que el único punto oscuro (no hago chistes ni vale la paradoja) a bote pronto de ese espléndido, culto, elegante y educado maestro de ceremonias que es Obama es encontrar alguna razón por la que opta a un trabajo tan sospechoso y escasamente digno como presidir Estados Unidos. Pero muertos o retirados los Gandhi, Olof Palme, Willy Brandt, Nelson Mandela, Pratap Singh, Allende y un muy lamentablemente corto etcétera, hay poco donde elegir. Zapatero es casi tonto, claro, de talante sólo no se puede vivir; el talante es la sopa boba de la política. Berlusconi también es tonto, el clásico listo tonto, y además tosco y grosero, con ese pelo implantado a lo Bono (otro que tal) encima de unas respectivas y espantosas sonrisas: cual respectivos y espantosos muñecos de ventrílocuos. Sarkozy parece un vampiro involucionado; sin la elegancia del gran Drácula, corto de talla y sobreactuante: Bush, bueno a Bush no se le podría encomendar ni un puesto de castañas en nuestras calles a riesgo de provocar un pavoroso incendio urbano, y encima tiene unos amigos de cuidado, etcétera.

Es decir, al revés que entre los deportistas o los científicos puros, y tal vez los ebanistas, no parece que la selección de los mejores funcione entre los políticos, más bien al contrario. O bien, lo que se selecciona son otras “cualidades”, como el oportunismo, la falta de escrúpulos y el respeto absoluto a la teoría de la gravedad social, que es dar patadas hacia abajo (y a los lados más ponderadamente para hacerse sitio) y lamer culos hacia arriba (hasta que toque que te lo laman a ti, muchacho, y entonces habrás llegado). En cualquier caso, sé que la ironía, el humor, la melancolía, la capacidad crítica, la vena intelectual y el rigor no son cualidades abundantes ni estimadas ni buscadas entre y por los políticos. Sólo sabemos que su ausencia decretada por uno sólo (“Haga como yo y no se meta en política” recomendaba el dictador Franco) es aún peor. Mucho peor. Y eso les vale.

Pero el problema es que no está suficientemente evaluado si la mera estupidez no causa más dolor que la pura maldad, no digamos la combinación de ambos que denunció Anna Arendt bajo la etiqueta de "La banalidad del mal" (los malvados son siempre tontos, a fin de cuentas, o la maldad es una forma de estupidez). Y hablando de mezclas, qué decir de la de codicia e ignorancia, más explosiva que el TNT y de efectos parecidos en cualquier paisaje que abandonemos en manos de alcaldes, promotores y presidentes de comunidades autónomas. No, no penséis que estoy dejando aflorar ese anarquismo que hay en mí y que es lo mejor que hay en mí. En esto de la política es posible realmente que alguien tenga que hacerlo en vista de que de momento el progreso ético es ilusorio y no parece que seamos capaces de resolver nuestros problemas entre todos.

Sólo pido entonces dos cosas muy sencillas, que no simples, a los políticos, a los nacionalistas, a los gestores, a los economistas; primera: que intenten resolver los problemas, y si no pueden, no pasa nada, pero entonces, que no los creen. Y segunda, que usen las palabras bien, honestamente, para nombrar las cosas y describir los fenómenos, para intentar las siempre provisionales aproximaciones a la verdad, porque si no lo hacen –y no lo suelen hacer- el mundo será (es) mucho peor de lo que podría ser.

Yo, por mi parte y sin ir más lejos, reconozco, remedando a Mae West, que cuando soy bueno soy muy bueno, pero, cuando soy pesimista, soy mucho mejor. Y encima hoy es lunes y como dijo Gil de Biedma va a resultar que los días laborables llevan razón. Siempre.

[1] John Gray: Tecnología, progreso y el impacto humano sobre la Tierra; Katz editores, 2008. Mi último descubrimiento que será tratado más por extenso en una entrada (post) futura.